domingo, 18 de abril de 2010

Alicia en el país de las maravillas
Lewis Carrol

¿Puede saberse quién eres tú?- preguntó la Oruga. (...) Alicia contestó, algo intimidada:

- La verdad, señora, es que en estos momentos no estoy muy segura de quién soy. El caso es que sé muy bien quién era esta mañana, cuando me levanté, pero desde entonces he debido sufrir varias transformaciones.

- ¿Qué es lo que tratas de decirme?-dijo la Oruga con toda severidad-. ¡Explícate, por favor!

-¡Ésa es justamente la cuestión! - exclamó Alicia-. No me puedo explicar a mí misma porque yo no soy yo, ¿se da usted cuenta?

- Pues no, no me doy cuenta - dijo la Oruga.

- Siento no poder explicárselo a usted con mayor claridad- dijo Alicia en un tono muy cortés- porque, para empezar, ni yo misma lo entiendo... ¡Comprenderá usted que cambiar tantas veces de tamaño en un solo día no es fácil de entender!

- Sí es fácil, le replicó la Oruga.



- Bueno, lo que ocurre es que usted todavía no ha pasado por ello- dijo Alicia-, pero llegará el día en que se convertirá en crisálida y después en mariposa, y entonces ¡ya veremos lo que siente usted!

-¿Y qué iba a sentir? ¡Pues nada!

- Está bien -concedió Alicia- Es posible que sus sentimientos y los míos sean muy distintos, pero puedo decirle que yo en su lugar me sentiría muy rara.

- ¡Tú! -exclamó con desdén la Oruga- ¿Y quién eres tú, si se puede saber?

martes, 6 de abril de 2010

Debido a la autonegación proyectiva de la propia condición del yo sobre otros objetos autoconscientes: quién lo dice lo es, el mundo al revés.

(Reflexiones hechas durante las prácticas de métodos numéricos)

viernes, 2 de abril de 2010


Seguramente porque no era humano necesitaba de periódicas metamorfosis, era algo tedioso. Hoy, sin más, dejó los recuerdos del último año sobre la mesa, los aliñó, y empezó a devorarlos.

Con cada bocado su rostro se inundaba poco a poco en sudor y, como si de una cosa resultara la otra, el pecho se le empequeñecía entre sonoros crujidos. Por el esófago retronaban las risas de los últimos meses: la solidez con la que él sabía abrir camino siempre fue un aparejo frágil.

Y decidió atorarse momentáneamente en la impresión que notó la primera vez que establecimos comunicación real -un nudo en el estómago, un giro del organismo- lo justo para devorarla aún con más brío, mandándome furiosamente a sus entrañas.

Por mi parte preferí que me atomizara y analizara así el porqué de aquel hechizo nuestro, integrando para sí esa información (quizá emoción) con el fin de no volver a equivocarse. Jamás.